jueves, 10 de mayo de 2018

Algunas buenas razones para liberarse del trabajo

Actualmente, parece que una teoría y una práctica crítica de la sociedad contemporánea tuviesen, antes que nada, la tarea de defender el trabajo, de encontrar nuevas posibilidades para la creación de puestos de trabajo, así como de defender a los trabajadores. Podría preguntarse cuál es el sentido que tiene una expresión como: “liberarse del trabajo”. Además, el buen sentido común se pregunta por la forma en la que es posible vivir bien sin el trabajo. Naturalmente, es siempre necesario trabajar, es necesario que cada uno trabaje para ganarse la vida, a menos que se explote a otros. Parece aún más evidente que la sociedad, como tal, debe trabajar para procurarse sus medios de vida. Sin trabajo nada de lo que requerimos para vivir puede existir y, por lo tanto, si se concibe la crítica del trabajo en cuanto tal, esta carecería de sentido, y sería igual que criticar la presión atmosférica o la fuerza de gravedad. El trabajo es quizás algo desagradable pero que siempre debe existir. Es imposible liberarse de él.
Evidentemente, pretendo exponer otro discurso para decir por qué –para mí, y para la teoría de la crítica del valor, elaborada en los últimos años por la revista alemana Krisis, así como por otros autores de otros países– esta crítica se funda sobre todo en el trabajo concebido como una categoría típicamente capitalista, e incluso como el corazón de la sociedad capitalista.
Naturalmente, es preciso señalar, en primer lugar, que el trabajo, en su sentido moderno, no se equipara a lo que se entiende por actividad. En efecto, una crítica de la actividad humana no tendría ningún sentido. Porque es evidente que el ser humano, de una forma u otra, es siempre activo, y que esto es necesario para organizar “el intercambio orgánico con la naturaleza” –como expresa Marx–, es decir, la extracción de la naturaleza de los medios necesarios para la subsistencia. Sin embargo, lo que hoy llamamos “trabajo”, por lo menos desde hace doscientos años, no es lo mismo que la actividad, ni siquiera que la actividad productiva. Pues si decimos “trabajo”, en general, hacemos semejantes, por medio de un solo concepto, las cosas más diferentes, las más dispares, excluyendo simultáneamente otras tantas. Por ejemplo, hacer panecillos o conducir un automóvil, labrar la tierra o escribir con un teclado, gobernar un país o pronunciar una conferencia, todo esto es normalmente considerado como trabajo, pues se traduce en una suma de dinero, como algo que puede ser vendido o comprado en el mercado. [...]

Anselm Jappe