martes, 14 de febrero de 2017

Cuadernos del Sur

Hafsa Bint al-Hayy
Maimouna León
Febrero 2017

Muchos son los años que han transcurrido desde que mi madre se fue con Alá. Yo también he sido madre, y lo mismo que ella hizo conmigo, lo hago yo con mis hijas, les hablo de un ejemplo a seguir de carne y hueso, de una mujer a imitar: Hafsa Bint al-Hayy. Lo hago para que lleguen a comprender, más allá de las convenciones y los preceptos religiosos, que la mujer no es una esclava del varón, ni un mero objeto de deseo. La mujer es igual al hombre porque es su derecho natural, porque su inteligencia y sabiduría así lo justifican. Mas esto no basta con pensarlo o decirlo entre susurros, hay que conquistar ese derecho diariamente, con una resistencia y un amor universal hacia todo lo que existe, hacia los otros, nuestros hermanos y hermanas, hacia nosotras mismas.

En al-Ándalus ha habido mujeres poetas de las que se comenta poco; sin embargo, entre nosotras sabemos que han existido y existen, y su valor es inconmensurable, a reivindicar cada día, para que sobrevivan al olvido y enriquezcan a las generaciones de mujeres futuras. Quizá, de todas, la mejor, la más deslumbrante, la más hermosa y atrevida, la más culta y sabia, fue Hafsa. Su vida estuvo llena de amor, de creación y también de tristeza. Hafsa «La perla de Granada», así la llamaron voces anónimas que la adoraban en silencio. Granada fue la ciudad que la vio nacer en el año 1135 de la era cristiana, la capital de nuestro bello mundo andalusí. Su padre, un noble bereber instalado en la ciudad, educó a la niña como a un ser libre, independiente, tanto de palabra como de hecho. Hafsa, creció durante los últimos años del Imperio Almorávide, y se vio acosada por la incursión de los Almohades, más rigurosos que los anteriores en cuanto a cumplimiento religioso se refiere, despreciativos con saberes reconocidos como las matemáticas o la filosofía.

A pesar de ello, sus exigencias personales nunca se vieron disminuidas. Su saber hacer y su inteligencia cautivaron a los nuevos señores de al-Ándalus, que la dejaron estar. Su talento y su extensa cultura, sin descartar su ensalzada belleza, hicieron que en la nueva corte ocupara un lugar especial, del que estaban excluidas las mujeres, manteniendo una actividad literaria y pedagógica digna de ser elogiada. Hasta tal punto llegó su fama que en el año 1158 formó parte de un grupo de poetas de Granada que visitó Rabat, invitados por el Califa Abd al-Mumin. Se dice que este, impresionado por Hafsa, la puso el sobrenombre por el que se la conoce igualmente: Al-Rajuniyya. [...]


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